El Imperio contra Jesús de Nazaret por Juan José Tamayo
jueves, mayo 18, 2017
El 9 de abril de 2004 publiqué en el diario EL PAÍS el artículo “El
Imperio contra Jesús de Nazaret”. Treces años después, creo que conserva toda
su vigencia tanto en el análisis exegético de los textos de la pasión, apoyado
en prestigiosos especialistas, como en la interpretación políticamente
liberadora y religiosamente subversiva de dicho acontecimiento, en el horizonte
de la teología de la liberación. Por eso he querido recuperarlo y ofrecerlo como reflexión para estos días de
Semana Santa JJT.
Las dramáticas imágenes de la pasión de Cristo han estado
grabadas en el imaginario social de varias generaciones de cristianas y
cristianos que éramos arrastrados a las "misiones populares", a las
procesiones de Semana Santa, a los vía
crucis, y nos vimos sometidos a una educación en el sacrificio que exigía
reproducir en la propia carne los padecimientos de Jesús. Y todo ello teñido de
un antisemitismo muy presente en la conciencia colectiva, que la misma religión
oficial ayudaba a fomentar. Tal era el caso de los "oficios" del
Viernes Santo, en los que se pedía "por los pérfidos judíos", a
quienes se hacía responsables de la muerte de Cristo, definida como un
deicidio. Todo esto configuraba un cristianismo sacrificial sadomasoquista.
Cuando esas imágenes empezaban a diluirse y entrábamos en
un proceso de serena aproximación histórico-crítica a los relatos evangélicos
de la pasión, apareció la película de Mel Gibson para revivirlas en toda su
crudeza y retornar a épocas pasadas. El realizador cinematográfico australiano
confesaba que su decisión de rodar la película "fue como una especie de
mandato divino" y respondía a la necesidad de "unir el sacrificio de
la cruz con el del altar". Ambas observaciones revelan el nivel providencialista
e iluminado en que se sitúa Mel Gibson y los consiguientes prejuicios con que
aborda cuestiones tan complejas y espinosas como el proceso de Jesús y la
responsabilidad de los judíos en su muerte.
La película fue elogiada por las autoridades del Vaticano
y pronto entró a formar parte de la videoteca personal de Juan Pablo II, quien,
según algunos testimonios, tras ver la película declaró: "Así fueron las
cosas". La Iglesia Católica, la Iglesia Protestante y la Comunidad Judía
de Alemania, empero, denunciaron la violencia que rezuma el film y la nueva ola
de antisemitismo que podía despertar en Europa. Todo ello pretendía
fundamentarlo Gibson en las visiones de la monja alemana Anne C. Emmerich y en
los textos evangélicos, que ciertamente lee con mirada antijudía, de manera
descontextualizada y sin recurrir a la mediación hermenéutica. ¿Todo sucedió en
realidad como muestra la película? ¿”Así fueron las cosas”?
Mis reflexiones quieren ser una aproximación a los
sucesos de los últimos días de la vida de Jesús de Nazaret a través de una
lectura crítica de los textos evangélicos. Empecemos por decir que en la
reconstrucción histórica de la muerte de Jesús nos topamos con una dificultad
no pequeña: la peculiaridad de los relatos de la pasión, donde no es fácil
separar la historia de la interpretación, la biografía de la teología. Creo que
a los estudios y filmes sobre la pasión de Cristo, y muy especialmente al de
Gibson, se les puede aplicar lo que el profesor de Estudios Bíblicos
estadounidense John Dominic Crossan dice de las investigaciones en torno al
Jesús histórico: que son un campo abonado para hacer teología y llamarlo
historia, o para hacer autobiografía y llamarla biografía (Jesús: vida de un campesino judío, Crítica, Madrid, 1994).
Lo que sí parece fuera de toda duda es que en la
detención, el proceso y la ulterior ejecución de Jesús de Nazaret jugó un papel
fundamental la espectacular protesta, o mejor, la provocación de Jesús en el
Templo de Jerusalén, al arrojar al suelo las mesas de los comerciantes y
dispersarlos a latigazos. Se trata de un hecho cuya historicidad no suele
cuestionarse. Como asevera el investigador judío Geza Vermes, Jesús hizo lo que
no debía, causar una conmoción, en el lugar donde no debía hacerlo, el Templo, y
en el momento más inadecuado, inmediatamente antes de la Pascua (Jesús, el judío. Los Evangelios leídos por
un historiador, Muchnik Editores,
Barcelona, 1973).
El Templo era el lugar sagrado por excelencia y un motivo de orgullo
para los judíos. Constituía la principal fuente de ingresos de Jerusalén y la
principal atracción turística. La actividad mercantil desarrollada en él era
necesaria para que los peregrinos pudieran cambiar la moneda y pagar así el
impuesto al Templo. Asimismo, gracias al mercado, los peregrinos podían comprar
allí los animales para los sacrificios, sin tener que soportar las molestias
que suponía el tener que traerlos de sus propias casas.
¿Qué sentido tenía la acción de Jesús en el Templo? No parece
que su intención fuera la de purificarlo. Se trataba de una acción simbólica con
la que quería mostrar el final de la religión centrada en los sacrificios
("misericordia quiero, no sacrificios"), así como la protesta contra
su significado económico extorsionador. Jesús declara derogado el culto
sacrificial e innecesarias las actividades comerciales y fiscales que se
desarrollaban en el Templo. Al perder éste sus funciones
litúrgico-sacrificiales, comerciales y fiscales, ya no tenía razón de ser. La
acción provocativa de Jesús se dirige primero y prioritariamente contra los
jerarcas del Templo, verdaderos responsables del establecimiento del mercado
allí. No pocos especialistas coinciden en que la provocación de Jesús en el
Templo es el eslabón perdido entre el conflicto provocado en Galilea, de donde
era oriundo Jesús, y los acontecimientos finales.
Con esta acción estaba tocando el nervio mismo de la
aristocracia sacerdotal saducea, que consideraba el culto del Templo su núcleo
fundamental tanto en el aspecto religioso como en el económico. Esa acción fue
la gota que colmó el vaso de la ira de los sumos sacerdotes, quienes, junto con
los escribas y los ancianos, que pertenecían al partido de los saduceos o
estaban aliados con él, ocupan el primer plano en los relatos de la pasión. El
conflicto mortal lo tuvo Jesús no con el
judaísmo, sino con las autoridades judías, no con los fariseos, sino con los
saduceos, que se consideraban custodios del orden nacional, basado en el Templo
y en la Ley. Un orden cuestionado por el profeta de Nazaret, que confirmaba así
su actitud de permanente desafío tanto a la jerarquía religiosa como al Imperio,
y se convertía en el principal enemigo de ambos. Por eso, había que deshacerse de
él lo antes posible.
El pueblo judío nada tuvo que ver en su condena y
posterior ejecución. La decisión de ejecutar a Jesús es de la autoridad
política, concretamente del gobernador Poncio Pilato, suprema autoridad
judicial de la provincia de Judea, quien gozaba de una autoridad ilimitada y
poseía amplios poderes judiciales, también el de aplicar la pena de muerte,
como reconoce Flavio Josefo. La potestas gladii
era de exclusiva responsabilidad del gobernador romano. Hay, con todo, una
tendencia bastante generalizada en los relatos evangélicos de la pasión a cargar
sobre los judíos todo el peso de la responsabilidad en la muerte de Jesús y a eximir
de toda culpa a Poncio Pilato, que se habría limitado a entregar a Jesús para
ser crucificado, pero en contra de su voluntad, y no habría dictado una
sentencia formal de muerte.
Algunos de esos relatos
presentan al gobernador romano en Judea como una persona insegura, vacilante,
que parece no atreverse a tomar decisiones. Pero ese perfil no responde al
comportamiento real de Pilato en el ejercicio de su autoridad al servicio del
poder ocupante, sino que es fruto de la tendencia antijudía ya presente en algunos
relatos de la pasión y radicalizada en la historia del cristianismo. En
realidad, Pilato fue un gobernante duro e inmisericorde, inflexible y
obstinado, violento y cruel, represivo y depravado, arbitrario e insolente. Así
lo atestiguan con todo lujo de detalles Filón de Alejandría y Flavio Josefo.
La responsabilidad de Pilato en la condena a muerte de
Jesús es confirmada por el historiador
romano Tácito quien, cuando narra la persecución de los cristianos bajo Nerón,
dice que el nombre de "cristianos" "procede de Cristo, que, bajo
el principado de Tiberio, había sido entregado al suplicio por el procurador
Poncio Pilato". Éste condena a Jesús por motivos políticos, en concreto, por
poner en peligro el orden público, por sedicioso. Es muy posible que el
gobernador romano en Judea aprovechara gustoso la posibilidad de calmar con un
acto intimidatorio la tensión que reinaba en Jerusalén durante la Pascua. Parece
dudoso que las autoridades judías emitiesen contra Jesús una sentencia de condena,
pues "el relato que la menciona (Mc
14,14; par Mt 26,66) es una excrecencia de origen cristiano elaborada a partir
de una sentencia informal en la residencia de Anás, que no tenía personalmente
ningún poder judicial", afirma Simon Légasse (El proceso de Jesús, Desclée de Brouwer, Bilbao, 1996). No son
pocos los investigadores que niegan cualquier intervención del Sanedrín en el
proceso de Jesús o, al menos, consideran improbable una condena oficial a
muerte. No parece que dicho tribunal estuviera facultado para dictar sentencias
de muerte. Y si lo hubiera estado y la hubiera dictado, el castigo hubiera sido
la lapidación.
Otro dato incontestable sobre la responsabilidad de la
autoridad romana en la muerte de Jesús es que fue crucificado, y la crucifixión
era un suplicio romano, no judío. Parece demostrado que todas las crucifixiones
llevadas a cabo en Palestina desde la época de los procuradores hasta la Guerra
Judía se produjeron por razones políticas.
¿Y la participación del pueblo pidiendo la amnistía para
Barrabás y la ejecución para Jesús? Resulta discutible que fuera costumbre
amnistiar a un preso durante la Pascua. Nada dice de dicha práctica Flavio
Josefo. En definitiva, la lucha de Jesús
de Nazaret no se dirigió contra el judaísmo, sino contra el Imperio, y éste
reaccionó condenándolo a muerte por considerarlo enemigo público, como antes
había hecho con el profeta Juan Bautista. La condena de Jesús no fue un error
judicial como creía Bultmann. ¡Se lo había ganado a pulso por su comportamiento
transgresor y su permanente actitud conflictiva frente a las autoridades
religiosas y políticas.
Imagen tomada de: http://www.fragmenta.cat/es/actualitat/presentacions/331042
* Juan José Tamayo es Director de la Cátedra de
Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría” y autor de Por eso lo mataron. El horizonte ético de
Jesús de Nazaret, Trotta, Madrid, 2003, 2ª ed.





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