El monasterio mágico (cuento) por Idries Shah
miércoles, enero 16, 2013
Un cierto derviche humilde y silencioso solía concurrir
todas las semanas a las comidas que ofrecía un hombre culto y generoso. A tales
reuniones se las conocía como Asambleas de los Cultos.
El derviche jamás intervenía en la conversación. Después de
entrar estrechaba las manos a cada uno de los presentes, se sentaba en un
rincón y comía lo que se servía. Terminada la reunión se ponía de pie, decía
unas pocas palabras de despedida y agradecimiento y tomaba su camino. Nadie sabía
nada de él. No obstante, cuando apareció por primera vez circularon rumores de
que se trataba de un santo, y durante un largo tiempo los demás comensales
pensaron que debía ser sin duda, un hombre santo y poseedor de conocimientos, y
aguardaban con placer el momento en que el derviche les impartiese algo de su
sabiduría. Incluso algunos se jactaban de que el extraño participara en esas
reuniones de amigos, dando a entender que esa compañía les confería a ellos una
especial distinción.
Sin embargo, como no se observaba relación alguna con aquel
hombre, poco a poco los invitados empezaron a sospechar que en realidad se
tratase de un imitador o de un farsante. Algunos llegaron a sentirse incómodos
por su presencia. Evidentemente él no hacía nada por armonizar con el ambiente
y no aportaba siquiera un proverbio a las esclarecidas conversaciones que para
ellos habían llegado a significar una parte entrañable de sus mismas vidas.
Incluso algunos concurrentes no llegaban a percatarse de que el derviche
estuviese presente, pues pasaba totalmente inadvertido.
Cierto día el derviche habló. Dijo: Yo os invito a todos a
mi monasterio mañana por la noche. Cenaréis conmigo.
La inesperada invitación suscitó en todos un revuelo de
opiniones. Algunos pensaron que el derviche, que vestía muy pobremente, debía
ser un loco y que con toda certeza no podría ofrecerles nada. Otros supusieron
que la conducta anterior había sido una prueba. Algunos se dijeron que, por
fin, el derviche les compensaría la paciencia con que habían soportado tan
pesada compañía. Hubo quienes se alertaron entre sí:
¡Cuidado! Podría ocurrir que busque tentarnos para
someternos a su poder. Pero la curiosidad indujo a todos, incluso al anfitrión,
a aceptar la invitación, y a la noche siguiente el derviche los condujo desde
la casa hasta un monasterio escondido, de tal magnitud y magnificencia que
quedaron atónitos. El edificio estaba poblado de discípulos que practicaban
toda clase de ejercicios y tareas.
Los invitados transitaron por salas de contemplación donde
gran número de sabios de distinguido aspecto se levantaron respetuosamente para
saludar la proximidad del derviche con inclinaciones de cabeza.
El banquete con que fueron agasajados fue indescriptible y
sobrepasó toda expectativa. Los visitantes se sintieron anonadados. Todos le
suplicaron que a partir de ese mismo instante los aceptase como discípulos.
Pero a todas esas instancias el derviche respondía tan sólo:
-Esperad hasta la mañana.
Llegó la mañana y los invitados, en lugar de despertar en
las suntuosas camas de seda que se les habían brindado la noche anterior, se
encontraron yaciendo tiesos y desnudos, dispersos en el suelo, en el interior
de un pétreo recinto de una enorme y fea ruina, sobre una yerma ladera de
montaña. Ni señales del derviche, de los bellos arabescos, de las bibliotecas,
fuentes y alfombras.
-Ese canalla infame nos ha traicionado con artes de
brujería, vociferaban los invitados, quienes alternativamente se lamentaban y
felicitaban entre sí por sus sufrimientos y porque; finalmente, habían
desenmascarado al villano, cuyos poderes sin duda se habrían extinguido antes
de que pudieran cumplirse vaya a saber qué pérfidos propósitos. Muchos
atribuyeron la salvación a su propia pureza espiritual.
Pero lo que ellos ignoraban era que, por los mismos medios
de que se había valido para introducirlos en aquella mágica experiencia del
monasterio, el derviche les había inducido a creerse abandonados en medio de
ruinas. La verdad era que no estaban ni habían estado ni en un sitio ni en el
otro
En ese instante, como surgiendo de la nada, el derviche se
presentó a sus invitados y les dijo
-Regresaremos al monasterio.
Hizo un movimiento con sus manos y todos se encontraron otra
vez en los salones palaciegos.
Entonces se sintieron arrepentidos de sus reclamos, pues
inmediatamente se convencieron de que las ruinas no habían sido más que la
prueba y el monasterio la verdadera realidad. Algunos musitaron:
-Es una gran suerte que no haya oído nuestras censuras. Con
sólo que nos enseñe este extraño arte, habrá valido la pena.
Pero el derviche movió nuevamente sus manos y todos se
encontraron otra vez en la mesa de la comida en común, de la cual, en realidad,
nunca se habían apartado.
El derviche continuaba sentado en su rincón habitual,
comiendo su acostumbrado arroz con especias, sin decir palabra. Entonces,
mientras lo contemplaban inquietos, todos oyeron su voz hablar dentro de sus
propios pechos, aun cuando los labios del derviche estaban inmóviles. Dijo:
-Mientras vuestra codicia os impida distinguir entre el
autoengaño y la realidad, nada real os podrá enseñar un derviche: sólo
ilusiones. Aquellos cuyo alimento es autoengaño y fantasía sólo con engaño y
fantasía pueden ser alimentados.
Todos los presentes en aquella ocasión siguieron
frecuentando la mesa del hombre generoso, pero el derviche nunca volvió a
hablarles.
Al cabo de un tiempo, los componentes de la Asamblea de los
Cultos descubrieron que su rincón estaba siempre vacío.
Fotografía de Jordi Esteva
Fotografía de Jordi Esteva
Fuente: Idries Shah,
El Monasterio Mágico, Barcelona 1982, editorial Paidos, págs. 3-4





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