El shiismo en Al-andalus: Ibn al-Abbar
jueves, octubre 18, 2012
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| Fotografía: Internet |
Santiago Martínez de Francisco
C.E.M.A.
Es sabido que 'Abd al-Rahmân b. Mu`âwiya (756-788), único
superviviente al exterminio de los omeyas, fundó en al-Andalus una dinastía de
emires independientes que perduraría varios siglos.
Aunque tolerantes con las religiones y costumbres de su
población, esta dinastía siempre miró con el máximo recelo a cuantos
intelectuales procedentes de Oriente pudiesen inculcar a los andalusíes sus
ideas más o menos heréticas: alíes, jariyíes u otras. Los omeyas orientales no
habían reconocido a 'Alî y tampoco lo hicieron los de al-Andalus, aunque la
conciencia del pueblo, y sobre todo de los ulemas y alfaquíes, ya le
reverenciaba como compañero dilecto del Profeta.
Las personas que viajaban a Oriente por motivos de
peregrinación, comerciales u otros, frecuentemente volvían impregnados de una
cultura superior, transmitiendo conocimientos científicos, costumbres o ideas
políticas y filosóficas exóticas, como las de la shi'a. Con ´Abd al-Rahmán II (822-852) entraron en al-Andalus la
música, la administración y las modas cortesanas de Bagdad, pero siguió el
silencio sobre los alíes.
Abd al-Rahmán III, sin embargo, se encontró con una
situación nueva para el emirato de Córdoba: la doctrina shi'í, hasta entonces
minoritaria aunque con oleadas de reclutamiento cada vez mayores, se había
materializado por fin en un Estado: el de los fatimíes de Túnez, quienes a
partir del año 909 someterían además amplias zonas del Magreb central y
occidental. Anteriormente habían surgido en Bahreyn y el sur de Iraq los
qármatas, grupo más reducido y de ideas extremistas que sería desautorizado y
combatido por los fatimíes. Estos últimos también intentaron infiltrarse en
al-Andalus enviando propagandistas.
Tan grave amenaza llevó a Abd al-Rahmán a proclamarse
heredero del califato omeya de Oriente (!!), y a iniciar una política expansiva
en el norte de África, donde las campañas entre omeyas y fatimíes, apoyándose
en las tribus interpuestas, se sucedieron sin fin durante todo su reinado. Pero
al final de éste sólo Tánger y Ceuta le obedecían: la ofensiva de Ramiro II de
León había desviado su atención. Entre tanto la dinastía sunní oriental de los
abbasíes era tutelada por los príncipes “buyíes”, shi'itas duodecimanos, que se
apoderaron de Bagdad en 945 y controlaron la zona hasta 1055. Se trata de un
siglo, pues, prácticamente tomado por el shi'ismo. La salida de Túnez del cuarto califa Fatimí, y el
desplazamiento de su capital a El Cairo, permitió a al-Hakam II retomar la
iniciativa en el Magreb. Este califa ilustrado se dedicó a escribir sobre la
shia para negar la legitimidad de la dinastía fatimí, al tiempo que se
intensificaba la campaña contra la real o supuesta propaganda: en esta época se
condena a muerte a Abû l-Jayr, un predicador heterodoxo supuestamente fatimí,
sin darle opción a “ì´dâr” o autodefensa, lo que suscitó las protestas de
algunos alfaquíes.
Al mismo tiempo los andalusíes pro-fatimíes optaban por
abandonar al-Andalus; este es el caso de Ibn al-Hâni de Elvira, que se
convirtió en el vate oficial del califa fatimí al Mu'îzz (m.975).
Tras la dictadura de Almanzor y el hundimiento de la
dinastía omeya el año 1016, algunos grupos alíes como los beréberes hammûdíes
toman el poder en Córdoba y otras provincias. En torno a ellos, poetas como Ibn
Darraÿ al-Qashrallî expresan una oportunista devoción a la familia del Profeta,
mientras los omeyas caen en la infamia más espantosa: citemos al poeta Ayyûb b.
Sulaymân al-Suhayli, al que Avempace aconseja huir del país por ser de estirpe
omeya.
Con los almorávides (1090-1145) y sobre todo con los
almohades (1130-1223), que imitaron algunos principios y comportamientos shî
'itas, se consolida y desarrolla esta línea literaria. La filosofía, la ciencia
y la mística viven su mayor esplendor.
El poeta murciano Safwân b. Idris (1165-1201) cuenta cómo
pasó de la alabanza a los príncipes a la de la familia del Profeta: el califa
almohade, que le había negado la mano de su hija tuyo un sueño en el cual el
Profeta le ordenaba concedérsela. (1) Nâhid al-Wâdi Âshi, (de Guadix, m. 1218)
es autor de una casida muy afligida sobre Husayn:
"¡Ay del pueblo que le abandonó enrojecido por la
sangre, extenuado y abatido; manchado de polvo, le dejaron los miembros
cercenados, con cada espada india asesina.(a Yazid): ¿Acaso anhelas, desdichado
de ti, la intercesión de su abuelo?
¡Quita allá! ¡No, por El que hace girar los cielos!"
(2).
Paralelamente, tanto en al-Andalus como en el Magreb se
desarrolla desde el siglo XIII el género de las mu'ashsharât o décimas en
alabanza del Profeta, sus nombres y sus objetos, en las que el comienzo del
verso ha de coincidir con el final, género que adquiere cada vez más
complicación y amaneramiento. El famoso místico andalusí Muhyi l-din Ibn al-´Arabî
(1164-1240) compuso una colección de poemas de este tipo, aunque no demuestra
el dominio técnico que este género requiere. La poesía era para estos poetas un
medio de lograr los favores divinos (3).
Muhammad ibn Faraÿ de Ceuta (segunda mitad del siglo XIII),
además de componer, recogió los poemas del mismo estilo de Abû l-Rabî' b. Sâlim
al-Kilâ´i (m. 1237), discípulo de Safwân b. Idris y principal maestro de Ibn
al-Abbâr, al que pudo transmitir las casidas husayníes de Safwân.
IBN AL-ABBAR
Abû 'Abdallâh Muhammad ibn 'Abdallâh (...) b. Abi Bakr al
Qudâ 'i, conocido por Ibn al-Abbâr, nació en Valencia en enero o febrero del
año 1199. Al-Abbâr era el laqab o sobrenombre de su antepasado, acaso
indicativo de su oficio: "fabricante de agujas".
Los qudâ'íes constituían una familia yemení establecida
desde antiguo en Onda, ciudad de la región de Valencia. El padre de nuestro
autor era uno de esos poetas alfaquíes que entonces componían la élite de
Valencia. Refiere Ibn al-Abbâr que recibió de él la mejor educación, y que le
llevaba a las tertulias literarias a las que asistía. De Abû l-Rabí b. Sâlim y
de Abû l-Jattâb b. W. aÿib al-Qaysi obtuvo su sólida formación de historiador,
que le hizo uno de los más importantes de al-Andalus.
Según parece no tuvo hermanos varones, pues no los cita al
hablar de su padre, ni al referir que heredó de él "todos sus
libros". Tuvo una juventud alegre, cultivando la poesia e iniciando
pronto la carrera administrativa. Viajó por todo al-Andalus para ampliar sus
conocimientos del hadiz. Encontrándose en Badajoz en 1222, supo de la muerte de
su padre, por lo que volvió a Valencia y quedó bajo la tutela de su maestro Abû
l-Rabî b. Sâlim. Entonces entró al servicio del gobernador Abú Zayd como
secretario. Por esa época debió unirse en matrimonio a la familia valenciana de
Ibn al-Wazîr, originaria de Paterna.
En 1229, Abû Yamil b. Zayyân Mardânish, hijo del héroe local
que se alzó contra los almorávides, protagoniza ahora el mismo papel contra los
almohades. Abu Zayd huye con su secretario a tierras cristianas y se acoge a la
protección de Jaime I de Aragón para que le ayude a recuperar Valencia. Como
acabase haciéndose cristiano, Ibn al-Abbâr decidió abandonarle y volver a al
Andalus. Tras una serie de peripecias lo hallamos de nuevo en Valencia en 1231,
reconciliado con Ibn Mardânish, que en la época almohade había sido amigo y
colaborador suyo y ahora le nombra su visir. Tras la derrota de Las Navas de Tolosa en 1212 al-Andalus se
había dividido en unas nuevas taifas, las terceras de su historia. El caudillo
hispano-árabe Ibn Hûd fue aclamado en Murcia y casi toda Andalucía, e Ibn
Mahfûz se apoderó de Niebla, pero nadie pudo impedir que Fernando III
conquistase Córdoba en 1236. Jaime I derrotó a los musulmanes en Pueyo de Cebolla en
1237, y un año después inicia el asedio de Valencia. Abû Yamil decidió enviar
una embajada marítima a pedir socorro al emir hafsî de Túnez, poniendo al
frente de ella a Ibn al-Abbâr. Allí recito su famosa casida en la que describe
las trágicas circunstancias que atravesaba al-Andalus:
"Tabernas donde antes hubo lugares sagrados, iglesias
donde antes hubo mezquitas".
Emocionado, el sultán resolvió ayudarles enviando doce naves
con armas, pertrechos y dinero; pero al llegar a Valencia se encontraron el
puerto bloqueado y tuvieron que desviarse a Denia. Cuando Ibn al-Abbâr llega a
Valencia sus habitantes va se disponen a rendirse. El emir le elige mediador en
las negociaciones y el 29 de septiembre de 1238 firman el acta de entrega.
De Valencia fueron a Denia, desde donde se les volvió a ex
pulsar más tarde. Habiendo vuelto a acudir a Túnez en 1239, el qudâ'í regresó a
Murcia con Abû Yamil en 1240, para poco después emigrar con su familia a Túnez,
donde permanecería el resto de su vida.
El emir lo acogió excelentemente, haciéndole su panegirista
y el escriba de su divisa en los documentos oficiales. Pero el hecho de ser
sustituido en esta última función por un escriba oriental parece que fue la
causa de que expresara sus protestas y el emir le desterrara a Bugía en 1248.
Lo cierto es que Jbn al-Abbâr tenía ya algunos enemigos en la corte, como el
envidioso visir Ibn Abi l-Husayn.
En Túnez había terminado de escribir su "Takmila
li-Litâb al Si1a", sobre biografías de sabios de al-Andalus . En Bugía
terminará "al-Hullà l-siyarâ", biografías de los príncipes-poetas que
hubo en el Islam. Allí mismo escribe "I'tâb al-kurrâb" (Disculpa de
los secretarios), en cuya introducción pide al emir y a su heredero que le
perdonen. Fue perdonado por Abû Zakariyyâ, pero éste murió poco
después y le sucedió su hijo Abdallâh, más tarde llamado al-Mustansír bi l-Lâh,
monarca cruel que durante su vida habría de sofocar constantes revueltas. Ibn
al-Abbâr pasó a ser su consejero.
Los historiadores posteriores tienden a describir a nuestro
autor como orgulloso y antipático, señalando que solía irritar al emir con su
erudición y sus elogios a al Andalus. Es muy probable que su carácter se
hubiera degradado desde que se exiliara de al Andalus, al perder amigos y
recuerdos. Por otra parte la emigración andalusí había ido a parar
mayoritariamente a Bugía y Túnez, en cuya administración se colocaron muchos de
ellos, lo que provocó la hostilidad de los tunecinos. No se sabe por qué, en 1252 al-Mustansir le destierra a
Bugía como hiciera su padre antes, y allí escribe su "Durar al-simt fi ja
bar al-sibt"; escribiendo además una obra análoga en verso hoy perdida.
Al extinguirse definitivamente el califato de Bagdad en
1258, al-Mustansir se proclamó califa, y las mismas Medina y La Meca le dieron
su reconocimiento.
En 1259 Ibn al-Abbâr recibió una carta en la que se le
comunicaba que había sido perdonado, pero un año más tarde sus enemigos
urdieron contra él el peor complot, que desembocé en su condena a muerte. Se
desconoce la causa exacta de su ejecución. Pero se barajan varias: que hizo un
horóscopo al príncipe heredero al-Wâthiq que desagradé a su padre, que se le
acusé de practicar la astrología y de ser shî ´ ì (¿acaso por su "Durar
al-simt "?), que había hablado o escrito mal de su emir o que estaba
implica do en una gran conspiración. El resultado es que el califa mandé hacer
un registro de su casa a sus peores enemigos, que encontraron allí un verso en
el que insultaba así a al-Mustansir:
"En Túnez reina un tirano
al que neciamente llaman califa".
Ibn al-Abbâr murió alanceado el 6 de enero de 1260, y su
cadáver y sus libros fueron quemados. Sin embargo hoy es famoso en todo el
mundo árabe y recibe elogios de los historiadores europeos, sobre todo en su
calidad de historiador.
Sabemos que tuvo hijas pues habla de ellas en una casida, y
en otra de sus "niños" en general, pero no sabemos si dejé hijos varones.
Conocemos siete u ocho de sus discípulos, entre ellos a Ibn Sâlih al-Kinâni, de
Játiva (m. 1299), que transmitió su libro "Durar al-simt" al
historiador y místico al-´Abdarî y a otros. Fue maestro de Abû l-Muhaymân
al-Hadramî ; de Abû Isháq b. Abi l-Qâsim al-Tuÿinî (m. 1262), funcionario
tunecino que le defendió entre sus compatriotas, y su hijo Abû l-Hasan b. ´Ali
que recibió de Ibn Sâlih el "Durar al-simt". Obra clave de el
shi´ismo en Al-Andalus.
BIBLIOGRAFÍA :
(1) Véase aI-Maqqari, .Naft al-tib mio gusn al-Andalus
al-ratib.., edición de Ihsân 'Abbâs. Beirut, 1968. 5, pp. 68 y 69.
(2) Misma fuente, pp. 70 y 71
(3) Véase Rubiera Mata, M. J... Las décimas del Profeta..,
Al-Qantara I (1980). PP. 55-64.





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